Acaba de ganar otro Grammy por la última versión de “Siembra”, esa hermosa selección de siete canciones que permanece instalada en nuestro disco duro. “Siembra” le dio vida a ese maleado inmortal llamado “Pedro Navaja”.

Hace más de cuarenta años también escuchamos en este disco de acetato el testimonio de un muchacho que andaba “Buscando Guayaba” o las tribulaciones de otro que, ahogándose en la soledad, nos preguntaba: “Dime”… ¿Cómo me arrancó del alma esta pena de amor?

“Siembra”, además, nos descubría el culto a “María Lionza”, esa diosa o santa venezolana que es fruto de un sincretismo indígena, africano y occidental. Este disco fue el combustible de nuestra juventud y el LP más vendido en la historia de la salsa.

El tiempo pasa, pero Blades sigue vigente. Bufanda al cuello y gorro oscuro cubriéndole la frente, él lleva dos años presentándose en ciudades de América Latina, Estados Unidos y España. Sostiene vivo el ímpetu y la lozanía de los ochenta. Viéndolo brillar en los escenarios a lo largo de estos meses se me antoja pensar que a los 75 años está en la plenitud de su carrera.

Si él, como acostumbra decir, tiene más pasado que futuro, su presente es luminoso. Ahora conversa con el público antes de cada canción, desliza reflexiones personales de un hombre sabio que sostiene una convicción tan añeja como lozana. Hace poquito nomás, el 31 de diciembre de 2023, Blades cantó en el Zócalo de la Ciudad de México. Fue un concierto gratuito y multitudinario en el que demostró porque su carretera ha sido (es) larga, dura pero sabrosa. Vean y escuchen a Blades y díganme si exagero.

Lo que más me llama la atención de estos conciertos (que la verdad se remontan a mucho antes de la pandemia), es la inclusión de “Todos vuelven” en su repertorio. “Todos vuelven” el vals que nuestro César Miró compuso en los años treinta del siglo pasado, mientras vivía lejos del Perú víctima de enconos políticos, evoca con versos sencillos y certeros el lugar donde abrió los ojos y donde transcurrió su infancia y juventud.

Es una canción que resulta próxima a quien en el pasado experimentó el destierro, la migración forzada, el desarraigo y la referencia constante a ese espacio donde se empezó a rodar la historia de su vida. Es la añoranza convertida en canción.

Blades la incluyó en “Buscando América”, un disco que este 2024 también cumple cuarenta años y que, para los que no lo recuerdan, se hizo muy popular sobre todo por “Decisiones” y “El padre Antonio y su monaguillo Andrés”. Bueno, pero volvamos a “Todos vuelven”.

Versiones memorables de este tema se alojan en Youtube. Vale la pena escucharlas porque cada una tiene un matiz distinto. Puede ser la descarga de uno de los instrumentistas que han acompañado a Blades en este lapso. Todos virtuosos, por cierto. O la póstuma mención a quienes (todavía) continúan vivos en ese íntimo desván en donde a veces nos refugiamos. A lo mejor la evocación de un parque, un patio o una avenida donde algo bueno empezó... Quizás una escena que perdura tersa y hasta respirable a pesar del tiempo.

Entre un siglo y otro, Blades ha cantado “Todos vuelven” en casi todas las ciudades de América Latina. Si bien a mí me gusta escuchar ese vals añejo que mamá y papá tarareaban los domingos a media mañana, mientras esperábamos el almuerzo, me quedo con la versión de Blades, que apareció en el álbum “Buscando América” publicado en 1984.

Esta tiene otra dimensión, otra tesitura que definitivamente me seduce. Blades añade versos propios en una suerte de coda textual que resemantiza la letra de Miró. De la evocación a la nostalgia por los lazos rotos, él invoca a la memoria “viva”. En las versiones del panameño la figura del inmigrante (o exiliado) se diluye y le abren paso a otros actores, a los que se quedaron, a los que, literalmente, sobrevivieron, pero al mismo tiempo el cantante invoca la presencia de (nuestros) muertos. Recuerda a Anoland Díaz, su madre minada por un cáncer incurable; a Cheo Feliciano, el sonero que inspiró su carrera; a Carlos Pérez Bidó, el timbalero de su orquesta que el covid se llevó en enero de 2021; a Ralph Irizarry, el extraordinario percusionista de Seis del Solar que partió en setiembre del mismo año. Blades también recuerda a sus amigos de barrio y a los propios personajes que murieron en sus canciones. Todos ellos y ellas vuelven del pasado. Y es en medio de la canción donde milagrosamente siento que se escenifica ese reencuentro único, intenso, doloroso y a la vez feliz. “Gracias le damos a Dios por estar vivos aquí/ Y nosotros los vivos invoquemos a los que ya no están con el corazón/ Y traigámoslos aquí con el corazón para que nos acompañen y celebren con nosotros/ Todos vuelven cuando el sol baja cansado/ El recuerdo vive libre/ Y venciendo a los olvidos la memoria sobrevive/ Todos vuelven del silencio pues venciendo a los olvidos la esperanza sobrevive…”. A estas alturas entiendo por qué siempre vuelvo a esta canción, es un ritual, una ceremonia. Todos volvemos finalmente… A mi modesto entender, eso explica la vigencia de “Todos vuelven” en boca de Blades. Sumar a la ausencia, a la distancia, a la soledad… la vitalidad de la memoria, la permanencia cotidiana de aquellos que nos “hicieron bien”, de aquellos a los que por nuestra propia voluntad siempre estaremos unidos. bien”, de aquellos a los que por nuestra propia voluntad siempre estaremos unidos.


[Foto de portada: EFE/ Fernando Alvarado]